I
Este texto no pretende ser una apología. Tampoco
es mi intención hacer un ensayo erudito en el que quede al descubierto algún
hilo negro filosófico, poético o psicológico, y definitivamente no es una carta
de despedida. Algunos podrán estar de acuerdo con los planteamientos aquí
expuestos, otros no, pero creo necesario resaltar el hecho de que el llamado
"consuelo filosófico" posee tres características que le valen el apelativo
de "arte": Es un medio de expresión, requiere técnica y disciplina, y
es, en la mayoría de los casos, vocacional.
Los motivos que puedan llevarnos a cada uno a
tomar esta decisión son muchos: Una infancia infeliz que nos arrastro a una adolescencia
vertiginosa; una tragedia que envenena lentamente nuestra alma hasta que no hay
posibilidad de cura; el amor perdido, arrancado o nunca encontrado; un presente
gris sin esperanza de un futuro mejor. En el peor de los casos, todos estos
escenarios juntos.
Aunque haya muchas variables siempre existe una
constante: La soledad. Vacio (diría Sabines), pero vacio de una costilla a
otra, dejas que la muerte te abrace lentamente, dándote el consuelo que no
encuentras en la vida, el mundo o el ser humano, hasta que finalmente te llena
con su cálida oscuridad. La muerte te acaricia suavemente y te invita a
regresar al origen, a la tierra, al útero. Se vuelve la madre que siempre
necesitaste, la amante que siempre quisiste, la mejor amiga que puedes tener.
La comida pierde su sabor, dormir se vuelve una utopía, el amor se convierte
cruelmente en una promesa rota de felicidad, y el sexo es una señal del eterno
retorno a la dulce oscuridad del vientre materno (perdóname cielo si al hacer
el amor, en vez de cunas, pienso en féretros).
Y no es que la vida haya perdido el sentido, es
que descubres que en realidad nunca lo tuvo. El dolor te quema y el alcohol no
logra ahogar el sentimiento, solamente aviva su fuego. Quisieras pintar tu
angustia, escribirla, bailarla o cantarla con la esperanza de que alguien
llegara y milagrosamente te salvara de las fauces del abismo; quisieras gritárselo
a todos, pero sabes que no hay nadie que te escuche: Al prójimo no le importa y
los dioses, si no están muertos, están sordos. Tu única ambición es que esa
mascara de payaso (riendo por fuera, llorando por dentro), que siempre has usado
para presentarte a los demás, se rompa en pedazos.
El suicidio también requiere de gran fortaleza.
Significa vencer el miedo a lo desconocido, elevar el espíritu hacia el
infinito, apostarle a una nueva tierra con la esperanza de que será mejor que
la que se deja, o quedarse a afrontar las consecuencias de sobrevivir al filo
de la navaja, al beso de la bala, al siniestro arrullo de la soga o el veneno.
Se necesitan meses, a veces años, de perfeccionar mentalmente la técnica que
finalmente habrá de llevarnos a cumplir nuestro trágico destino sin errores,
sin arrepentimientos, con una entrega total.
Y es que no cualquiera logra llegar al punto de
no retorno. El punto donde ya no hay palabras que logren disuadirte, ni brazos
que puedan consolarte, ni hogar que pueda darte calor. Es verdad que el sol no
brilla igual para todos, pero no cualquiera está dispuesto a afrontar, ya sea
por miedo o vanidad, el hecho de que tarde o temprano se convertirá en comida
para gusanos, en cenizas tiradas al viento, en nada más que un triste recuerdo.
Muchos son los llamados, pocos los elegidos, solo algunos se convierten en el
dios sacrificado durante el Samahin.
Pero ¿Quien de todos aquellos a quienes dirijo
este ensayo (no para cualquiera) no ha soñado con su propio funeral, con su legado
al mundo? ¿Quien no ha soñado con saber, como diría Morrison, si su vida fue lo suficientemente
buena como para hacer una película? Estos pensamientos podrán parecer superficiales
(en muchos casos lo son), pero denotan una gran profundidad. "El dolor
dice "pasa", pero lo que se busca es eternidad, gloriosa y profunda
eternidad" (Nietzsche).
Por fin llega el momento en que dejaras de ser
artista y te convertirás en obra de arte.
En "El mito de Sísifo", Camus señalaba
la existencia de un vinculo entre creatividad y autodestrucción. Esa necesidad voraz por compartir el fuego que te quema. Piensas que quizá
(ya ha sucedido antes) alguien notara lo sublime de tu último acto y compondrá
un poema o una canción. Con un poco de suerte, quizás hasta se escriba un libro
al respecto. Prepararas el escenario: La ultima cena (ligera, pero
sustanciosa), el vestuario (no todos los días uno se encuentra con su
propia muerte), la música de fondo (yo usaría "Black", de Pearl Jam).
Cabe también la posibilidad de que en el último momento todo esto se descarte y
el gran final llegue en el silloncito de la casa donde vives (solo) o el
cuartucho de hotel que rentaste para la ocasión. Reflexionaras, intoxicado por
el licor de tu preferencia, sobre tus penas y glorias, los momentos y
sentimientos que te han llevado hasta donde te encuentras. El dolor será aun
mas embriagante que cualquier narcótico que hayas probado, y lo único que
realmente desearas será cerrar los ojos para nunca más volver a abrirlos ¡Bang!
Adiós mundo cruel...
II
También el suicidio puede ser,
como toda disciplina artística, un acto de rebeldía. Puede ser el vehículo
mediante el cual dejamos atrás todo el dolor, el hastió, el agotamiento, el
inexorable destino. Mediante el suicidio reafirmamos nuestra individualidad,
dejando en claro que si bien nuestra vida no nos pertenece por completo, ya que
dependemos de los lazos que nos unen a otros, así como de los “accidentes” que
forman parte de nuestro destino (Lennon decía que la vida es lo que nos pasa
mientras perdemos el tiempo haciendo planes), al menos aun podemos decidir cuándo
y cómo habremos de irnos, eso sí, con la frente en alto (como el Lucifer de la pintura de Blake, que aun caido, mantiene la espada y el falo erguidos, retando al creador).
Estoicamente, el suicida no huye
de la vida, pues esta ya ha mostrado todas sus cartas, y ya no tiene algo peor con
que azotarlo; más bien, confronta a la muerte, ese “país desconocido” del cual
habla Shakespeare (en boca de Hamlet) con tanto respeto y temor. El suicida se
entrega, con plena consciencia, a la nada, al vacio, intuyendo, quizá, que por
ley de karma no puede esperarnos del otro lado algo peor de lo que dejamos. En
ese sentido, también el suicidio es un acto de fe y esperanza.
Como los monjes budistas que se
inmolan en protesta por la ocupación de China sobre el Tíbet, así el suicida se
arranca de este mundo, sabiendo que la muerte es solo un proceso por el cual
todos debemos de atravesar tarde o temprano. Evolucion, renacimiento: El gusano se convierte en mariposa.
El suicida es, por lo tanto, un
enamorado despechado de la vida, que ante la crueldad de esta, decide buscar
consuelo en brazos de la muerte.
El suicidio, como otras
corrientes artísticas (muralismo, fotografía, performance, etc.), también puede
ser objeto de denuncia, una espada afilada que da una certera estocada al enemigo,
tal como lo entendían los kamikaze, e incluso un desesperado e inconsciente
acto de venganza.
El 13 de julio de 1954, tras dos
intentos previos de suicidio, Frida Kahlo por fin logra quitarse la vida.
Aunque nunca se le realizo una autopsia, y en el acta de defunción aparece “embolia
pulmonar” como causa del deceso, las últimas líneas de su diario son bastante
elocuentes al respecto “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”. Con
su muerte, Frida mata dos pájaros de un tiro: Por fin logra herir a Diego Rivera,
quien durante años se muestra impasible al sufrimiento de la pintora (llego a
decirle que la consideraba “solo una amiga”, e incluso se llego a quejar en público
de la absoluta dependencia de ella hacia el), librándose de una vez por todas
de su amor y obsesión por el muralista, y trasciende la vida y su obra misma, inmortalizandose en el proceso.
En su libro “Suicidio, la última decisión”,
Alejandro Aguilar Tejeda señala "La frecuencia de
intentos de suicidio, o suicidio consumado, es muy elevada entre los poetas. Se
han aducido diversas explicaciones para ello, como la alta incidencia de depresión,
la gran frecuencia de rasgos anómalos de personalidad, la concurrencia de consumo
de sustancias, el estilo de vida "bohemio", o los efectos de la
propia poesía sobre el estado anímico.” Es claro que esta tendencia se extiende
hacia cualquier rama del arte.
III
"Un bello suicidio es la máxima obra de arte", dice Tristán Rêveur
en la película "Stay", y es que el suicidio, al igual que el arte, también
busca transmitir sentimientos e ideas. Solo la sensibilidad del artista puede
hacernos entender, e incluso amar, la belleza en la muerte.
Pero no nos engañemos: El suicidio siempre esconde una gran historia de
amor. Amor mal correspondido, amor arrebatado, amor ausente o mal pagado, pero
siempre es por amor. Por ejemplo, Manuel Acuña, a quien Juan de Dios Peza describía
como "un hombre triste, pero jovial, y tan sensible como un niño",
sucumbe finalmente con cianuro por amor a Rosario de la Peña. La muerte
santifica todo, el suicidio nos redime, y como decía Nietzsche "Lo que se
hace por amor siempre se hace mas allá del bien y del mal".
Para comprender a un suicida, y dejar de pensar en su último acto como una
muestra de debilidad y cobardía, es necesario imaginar su alma como "La
piedad", de Miguel Ángel, pero sin un Cristo al cual llorarle; como un
Romeo, justo en la última escena
de la tragedia del Bardo, pero sin que nunca hubiera habido una Julieta; como Kim Phuc, la niña de la foto de Vietnam, sin cámara
ni testigos que contaran su historia. Como el poema "Los amorosos",
de Sabines, sin que nadie hubiera inventado la palabra "amor". El
suicidio es una trágica y absurda historia de amor que se escribe para los que están
solos.
Un suicidio, repito, requiere sensibilidad artística: La nota de despedida,
si es que la hay, debe de ser un sublime trabajo literario, pues cada una de
esas últimas palabras harán que nos recuerden por siempre (cuando uno muere, de inmediato te santifican). También es necesario
preparar un escenario, conocer a la perfección el guion, y ejecutar con maestría
y precisión esa última e irrepetible función. Finalmente, dejaremos plasmada
una tranquila y silenciosa imagen, por lo que la composición debe de ser
perfecta.
En "Mishima o la visión del vacío", Margarite de Youcenar se
refiere al suicidio del escritor nipón como "una de sus obras", y es
que Mishima supo entender bien el valor artístico e histriónico del suicidio,
cometiendo un memorable seppuku que impacto a todo Japón. Ese último día,
Mishima termino su última novela "La muerte del ángel", y se la
entrego a su editor. En su nota de despedida, Mishima escribió: "La vida
humana es breve, pero yo querría vivirla por siempre".
Para Hesse, en su libro "El lobo estepario", el suicidio es una
especie de vocación que se presenta desde temprana edad, y no abandona nunca al
individuo. Los suicidas "ven la redención en la muerte, no en la vida; están
dispuestos a eliminarse y entregarse, a extinguirse y volver al
principio", y se entregan intensamente a esa idea a la menor provocación.
Los suicidas luchan constantemente con ceder a la tentación que supone el
suicidio.
Camus decía que solo hay un problema filosófico realmente serio: El
suicidio. El decidir si la vida vale la pena o no ser vivida. Yo pienso que si
vale la pena, pero todo tiene su precio, y para el enamorado de la vida, el
precio a pagar es el dolor. Uno se levanta día con día dependiendo del bajo o
alto umbral de resistencia que tenemos ante el dolor.
El absurdo de Camus y La nausea de Sartre se hacen presentes en los últimos días
de un suicida, pero también la locura juega un papel importante en este drama.
En su ensayo sobre Van Gogh titulado "El suicidado por la sociedad",
Artaud decía que en un mundo donde impera el caos, la violencia, la crueldad,
el egoísmo, y otros vicios humanos, la locura es el último acto de rebeldía. El
suicida, entonces, es el último héroe trágico de los griegos.
Incluso en el mundo del rock el suicidio juega un papel sumamente
importante. Como prueba esta "El club de los 27", los tristemente
celebres iconos del rock que han decidido quitarse la vida a los 27 años, entre
cuyas filas se encuentran Janis Joplin, Jimy Hendrix, Brian Jones, Jim
Morrison, Kurt Cobain, y recientemente Amy Winehouse. Ellos, junto a Layne
Staley (cuyas canciones me calan tanto que siento que fueron escritas para mí),
se convirtieron, por voluntad propia, en el último sacrificio a Dionisio. "Im gonna try to nullify my life", rezaban los Velvet Underground.
Todos mis héroes han muerto. Virginia Woolf se lleno de piedras las bolsas
del abrigo, y se tiro al rio Ouse después de una infancia llena de abusos, de
vivir al lado de un hombre bueno, pero al que no amaba, y de las continuas
infidelidades de su amada Vita; finalmente sucumbe a la locura, pero gana su
pase a la inmortalidad. Quiroga, Pavese, O Gorman, e incluso mi modelo a
seguir, el fuerte Hemingway, deciden con hombría decir "adiós"
llegado el momento.
IV
“Ser, o no ser: Ese es el dilema.
¿Qué debe de hacer un corazón noble, sufrir los golpes y punzantes flechas del
injusto destino, o rebelarse contra el mar de adversidades y, confrontándolo,
desaparecer con ellas? Morir, dormir, no mas. Poder decir que todo acabo...”
Con estas líneas Shakespeare abre otra interrogante ¿Es en verdad el suicidio
un acto de egoísmo? Por un lado, el
suicida busca terminar con su propio sufrimiento (¿Y como juzgarlo si, de una u
otra forma, es algo que todos queremos), pero, al igual que el infortunado
Werther, de Goethe, también el suicida puede darse muerte ofrendándose como el
supremo sacrificio en busca de la realización del ser amado. ¿Absurdo? Quizá para
muchos lo sea, pero ¿No fue precisamente eso lo que hizo, según los creyentes,
Jesús, quien uso a los brutales romanos como instrumento de su muerte, planificada
e incluso esperada? “Si me mato no será para destruirme, sino para
reconstituirme”, decía Artaud. ¿No es esa precisamente la idea tras la
Resurrección? El suicida, por lo tanto, no es un cobarde ni un patético mártir filosófico,
sino un héroe.
El suicidio como un sintoma de locura. El suicidio como solucion y
esperanza. El suicidio como modo de vida, como religion y creencia
politica. El suicidio como dilema filosofico y existencial. El suicidio
como un acto revolucionario, de rebeldia, de heroismo. El suicidio como prueba de amor. El suicidio como supremo signo de soledad. El suicidio como una eleccion. El suicidio como
una obra de arte.
V
Para mí, este ensayo no está completo sin mencionar a otro de mis héroes: Mi
hermano Eric García Guadarrama, quien, a diferencia de todos los aquí
mencionados, se fue con una sonrisa en la boca. Dejo como legado su libro
"La luz del suicidio", y su diario "El suicidio de un hombre
feliz", dos lecturas definitivas que han dejado profunda huella en mi.
Descansa en paz, Eric. Espero verte pronto...
"Me marchare junto con el sol, y mientras él se oculta, mi luz se extinguirá
para siempre."