¿Fue Shakespeare un impostor? "Anonymous", la última película de
Roland Emmerich (“Día de la independencia”, Godzilla”, “El día después de
mañana”, etc.), vuelve a abrir la vieja interrogante sobre la autenticidad del
poeta de Stratford, atribuyéndole su obra a Edward de Vere, 17º conde de
Oxford. Pero esta no es la única teoría que plantea una posible falsa identidad
de El Bardo, e incluso ha habido quienes se pronuncian a favor de Francis Bacón
(a mi parecer, un candidato más lógico), entre otros. El argumento principal de
los detractores de Shakespeare es que, debido a su origen humilde, dudan de su
capacidad para escribir con tanto refinamiento, por lo que han llegado a
considerarlo solo un prestanombres. Incluso personajes de renombre como Sigmund
Freud, Charles Chaplin, Charles Dickens, Mark Twain y Umberto Eco
(paradójicamente, todos ellos de humilde cuna), han sembrado la semilla de la
duda, contribuyendo así a esta polémica.
En lo personal, no me importa mucho el origen de Shakespeare, ya que su obra
ha sido inspiración para más de uno (me cuento entre ellos), además de un gran
legado para la humanidad. ¿Quién no ha suspirado al leer la escena en el huerto
de los Capuleto, o se conmovió por el trágico destino de los amantes de Verona?
¿Quién no se vio arrastrado por la locura del príncipe de Dinamarca, o se
sintió impotente al ver frustrada su venganza? ¿Quién no se estremeció ante la
aparición del espectro de Elsinor, o por la oscura profecía de las tres parcas?
Mi sangre hirvió en deseos de vengar a Desdémona, sufrí de amor por Julieta,
morí al lado de Ofelia, me deje oscurecer el alma por las intrigas de lady Macbeth,
y más de una vez desee tener en mi poder la flor de Puck, el zumo de Beleño, la
pócima de Fray Lorenzo, y el cuello retorcido del venenoso Yago. Sin importar
quien fue en realidad Shakespeare, le estoy infinitamente agradecido, pues su
poesía embellece y da sentido a esta gris y trágica existencia. Gracias
Shakespeare por la catarsis, la empatía, el consuelo.

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